lunes, 29 de agosto de 2016

"ESCULTURA HIPERREALISTA 1973-2016", Museo de Bellas Artes de Bilbao

El Museo de Bellas Artes de Bilbao reúne estos días una selección de escultura hiperrealista realizada por diferentes artistas representativos de este movimiento. Son 34 los autores cuyas obras se recogen en diferentes secciones: Réplicas Humanas, Esculturas Monocromas, Partes del cuerpo, realidades deformadas, etc. 

Mi pareja y yo acudimos este fin de semana que en Bilbao se celebra su fantástica Aste Nagusia, como una actividad más en nuestra jornada de disfrute de las fiestas de Bilbao.

La exposición es alucinante, la primera impresión al entrar en la sala BBK en la que están colocadas las obras, es una sensación extraña de no poder distinguir a los visitantes con las obras de arte. En ese primer sector, las esculturas están vestidas y por eso la sensación de confundir la ficción con la realidad. Cuando se adentra uno en ese espacio, ya la variedad de las obras es más manifiesta, muchas colocadas sobre pedestales, algunas a una escala diferente de la humana, y ya esa sensación de confusión desaparece. No obstante, la impresión de que las esculturas están animadas y vivas, es  algo que sobrecoge y deja sin respiración. La observación detallada de la piel, la transparencia, el vello corporal, las manchas, las venas... la imitación perfecta de un ser humano parece imposible, pero ciertamente estos artistas lo consiguen. 

Os dejo imágenes de alguna de las obras, como siempre verlas in situ es incomparablemente mejor.





































martes, 23 de agosto de 2016

LA ULTIMA NOCHE DEL MUNDO, Ray Bradbury




[Cuento - Texto completo.]


¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?
-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
-Sí, en serio.
-No sé. No lo he pensado.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.
-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.
-¡No lo dirás en serio!
El hombre asintió.
-¿Una guerra?
El hombre sacudió la cabeza.
-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?
-No.
-¿Una guerra bacteriológica?
-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.
-Me parece que no entiendo.
-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.
-¿Qué?
-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.
-¿Era el mismo sueño?
-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.
-¿Y todos habían soñado?
-Todos. El mismo sueño, exactamente.
-¿Crees que será cierto?
-Sí, nunca estuve más seguro.
-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.
-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.
Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.
-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.
-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?
-Creo tener una razón.
-¿La que tenían todos en la oficina?
La mujer asintió.
-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.
-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?
-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.
-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?
-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.
-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?
-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.
En el vestíbulo las niñas se reían.
-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.
-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.
-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?
-No se puede hacer otra cosa.
-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.
-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.
-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.
-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.
El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.
-¿Por qué crees que será esta noche?
-Porque sí.
-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?
-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.
-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.
-Eso también lo explica, en parte.
-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?
Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.
-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.
-¿Qué?
-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?
-¿Lo sabrán también las chicas?
-No, naturalmente que no.
El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.
-Bueno -dijo el hombre al fin.
Besó a su mujer durante un rato.
-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.
-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.
-Creo que no.
Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.
-Las sábanas son tan limpias y frescas…
-Estoy cansada.
-Todos estamos cansados.
Se metieron en la cama.
-Un momento -dijo la mujer.
El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.
-Me había olvidado de cerrar los grifos.
Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.
La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.
-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.
-Buenas noches -dijo la mujer.
                                                                     
                                                                               FIN

jueves, 18 de agosto de 2016

MIS MÁQUINAS DE ESCRIBIR

Desde que era estudiante, siempre he tenido en casa una máquina de escribir. Me encantaba utilizarla y escribía muchísimo con ella. La mía era y es una máquina preciosa y muy sólida, la Maritsa11 de fabricación búlgara. Es pequeña y estéticamente muy bonita, tiene maletín y se conserva perfectamente pese al mucho trote que ha llevado. 

Estuve un tiempo sin poder escribir en ella porque la cinta de tinta se secó y como han dejado de fabricarlas pensé que no podría conseguir recambio, pero afortunadamente descubrí que en internet se consiguen fácilmente y ya con su tinta nueva, he podido volver a utilizarla.







Las máquinas de escribir me parecen maravillas mecánicas, mucho más bellas que los ordenadores actuales. Me encanta el sonido de las teclas al escribir, la campanita que suena al final de renglón, el traqueteo del carro... en fin, como con los libros de papel versus e-books, las máquinas de escribir no pueden hacerle sombra a los modernos dispositivos electrónicos.

Pese a eso, no seré yo quien niegue las maravillas del proceso tecnológico, claro está.

Pero animada por la posibilidad de volver a utilizar mi vieja máquina, me puse a buscar otra un poco más vintage aún, para ponerla a punto y además de utilizarla, poderle dar un uso decorativo. Y así es como llegó a casa la preciosa Olivetti Pluma 22. Muy ligera y cómoda de manejar, y en perfectas condiciones, sólo necesita un poco de limpieza para lucir en todo su esplendor. En las fotos está tal como llegó a casa, se puede ver que ha sido bien cuidada. Me encanta su diseño tan austero y funcional.






Estoy encantada con mis máquinas de escribir, soy una nostálgica, está claro.

miércoles, 17 de agosto de 2016

IRLANDA, Espido Freire


Irlanda es la primera novela publicada por Espido Freire, en 1998. Es una novela breve que fue construida a partir de un cuento escrito a los dieciséis años. Es también la primera que leo de esta escritora, este verano parece estar construido de estrenos lectores.

Narrada en primera persona, nos cuenta la historia de Natalia, una adolescente introvertida y solitaria que acaba de perder a su hermana después de una enfermedad degenerativa y es enviada a pasar el verano en compañía de unos primos mucho más mundanos que ella mientras realizan trabajos de rehabilitación en la vieja casa familiar con el ánimo de venderla. Irlanda es el nombre de la prima, que representa todo lo que Natalia no es: hermosa, encantadora, sofisticada, sociable y exitosa. La confrontación entre la inadaptada protagonista y su brillante prima se desarrolla en una atmósfera opresiva donde la hermana fallecida tiene un protagonismo inquietante.

La presencia de Gabriel, el joven amigo que pasa con ellos el verano, será la piedra angular de unos hechos que desembocarán en un final inesperado que es para mí lo mejor del libro.

Me ha gustado bastante esta primera incursión en la obra de Espido Freire. Si bien creo que al libro se le nota que es una obra de juventud, y en algunos pasajes me ha parecido un poco errática e inconsistente, tiene una prosa elegante y poética que está muy en consonancia con el tono y el escenario de la historia. Creo que Espido es una autora bastante vapuleada por la crítica, y siempre me ha despertado mucha curiosidad cierta animadversión que he detectado en algunas publicaciones literarias. Como además somos paisanas y coincidimos en algunas circunstancias vitales, tenía ganas de leerla desde hace tiempo. Pues la lectura ha estado muy bien, y ya hay un par de novelas más esperando, entre ellas la del Premio Planeta "Melocotones helados". Pero será un poco más adelante.


viernes, 12 de agosto de 2016

LA HIJA DEL SEPULTURERO, Joyce Carol Oates




La autora de esta novela, la norteamericana Joyce Carol Oates escribe bien, muy bien. Escritora prolífica y eterna candidata al Nobel, es ésta la primera novela que leo de ella. No será la última. Me ha sorprendido mucho esta historia tan dura y descarnada, y cómo, al igual que hay personas que trabajan mejor bajo presión, el talento de Oates ha  brillado espectaculamente en las escenas de mayor tensión.

La historia nos habla de la familia judía Schwart,  que se ve obligada a abandonar su Alemania natal ante la imparable ascensión del nazismo. Su nueva vida en Estados Unidos les hará desembocar en el abismo social y familiar. El padre sufre una transformación radical que le convierte en un ser violento y brutal, condicionando absolutamente el desarrollo y la posterior vida de su familia, en particular de su hija Rebecca, la protagonista.

En mi opinión en la historia no se explica suficientemente el cambio que sufre el padre de familia y es insuficiente la experiencia de una emigración traumática para tal situación, pero en realidad eso tampoco importa demasiado. La novela nos habla de la violencia familiar y la identidad, y las circunstancias de esta familia concreta son secundarias. Importan los efectos, más que las causas.

Personalmente, me he identificado completamente con Rebecca, con su vulnerabilidad, su afan de supervivencia, su entrega, su negación de si misma y su empeño en proteger a su hijo sobre todas las cosas. Su vida es difícil, trágica, la va fortaleciendo y endureciendo, haciéndola escéptica, de personalidad diferente, fascinante. Me ha gustado este personaje que nace de la violencia y su lucha y necesidad de salir de ella. Pero pese a todo su esforzado distanciamiento, la imposibilidad de establecer una lejanía real. Somos quienes somos, aunque sólo sea para nosotros mismos.

Me ha gustado el estilo de Oates, intenso, apasionado, oscuro... Me ha gustado "La hija del sepulturero"

domingo, 31 de julio de 2016

martes, 26 de julio de 2016

COMICS DE PACO ROCA




Mi biblioteca es variopinta. No sólo está formada por literatura, narrativa o ensayo, sino que tiene muchos libros de arte y también una muy amplia sección de cómics. Toda la familia somos aficionados a ellos, como ya conté aquí. Es un género que para mí aúna dos de mis pasiones: la literatura y el dibujo, y además me hace sentirme joven. En mi adolescencia fui devoradora compulsiva de tebeos.

Hay artistas verdaderamente geniales en todo el mundo, tanto dedicados al guión como al dibujo, pero yo soy especialmente admiradora de algunos compatriotas. Hoy traigo al blog a Paco Roca uno que escribe y dibuja sus historias, y que me gusta porque me reconozco en su propio patrimonio sentimenta. Le conocí por la adaptación a la pantalla de su cómic "Arrugas" (Premio Nacional de Cómic 2008), en la que habla sobre la vejez y el Alzheimer. Es un tema al que soy especialmente sensible, pues trabajo desde hace muchos años en el ámbito de la dependencia. Paco Roca aborda el tema con gran sensibilidad y respeto y también con mucha veracidad.


En la segunda obra que leí de él, "El invierno del dibujante",  rinde homenaje a todos aquellos dibujantes de tebeos que a los de mi edad nos hicieron amar los cómics, los de la Editorial Bruguera, entre ellos Vázquez, Escobar o Ibañez. La historia que cuenta es real, sobre la aventura empresarial que iniciaron los dibujantes estrellas de la editorial, cuando en 1957, cansados de la tirania bajo la que trabajaban decidieron fundar su propia revista (Tío Vivo)



Por último, hace pocas semanas volví a sumergirme en una de sus historias con "La casa", en la que rinde homenaje a su padre recientemente fallecido. La casa del título es una segunda vivienda familiar, esa a la que aspiraba la clase media española formada casi siempre por la generación nacida en la dura posguerra. Muy entrañable relato y muy reconocible para los que ahora tenemos entre cuarenta y cincuenta años, resulta muy fácil identificarse con ese padre y esos hijos que deben asumir la tarea de liquidar la memoria familiar de la generación que acaba de desaparecer.