miércoles, 17 de agosto de 2011

URUEÑA, VILLA DEL LIBRO

Hacía mucho tiempo que me apetecía una visita a Urueña, la primera Villa del Libro en España, y aprovechando un fin de semana en Salamanca, y que nos pillaba de camino, por fin el domingo 14 pusimos rumbo a la villa medieval.

Es una pequeña población, de algo más de 200 habitantes, llena de historia y cultura. La Diputación de Valladolid, impulsora del proyecto, ha dado un nuevo sentido a esta aldea y fomentado la conservación y restauración de sus calles y edificios, que tal vez de otra manera estarían condenados al abandono.



Como no sabíamos exactamente cuanto nos costaría encontrar el pueblo, dado que somos foráneos y no conocíamos la zona, emprendimos el camino bastante temprano, y al final llegamos muy pronto, la villa dormía y las librerías estaban aún cerradas. No obstante, eso nos permitió recorrerlo con la fresca de la mañana y deleitarnos con su castillo, su muralla y sus callejuelas con tranquilidad.


Subimos a las almenas para ver el paisaje. De un lado, la villa...

De otro, los campos.



Las puertas de entrada a la ciudad, la iglesia...


Me sorprendió ver que aunque las librerías estaban aún cerradas había montones de libros en la calle sin ninguna vigilancia, cualquiera podía cogerlos de allí.


En una de las ventanas de la Libreria Alejandria un cartelito avisaba a los posibles interesados que en caso de adquisición el pago podía hacerse en el buzón de la casa.

Todas las fachadas de los establecimientos del pueblo estan decorados con citas o fragmentos literarios bellamente caligrafiados. Me gustó particularmente éste de Miguel Delibes dedicado a la figura del librero:


En la parte posterior de La boutique del cuento descubrimos un mural en su fachada, con escenas de los cuentos de Hans Christian Andersen y una placita con bancos desde la que contemplar las pinturas.


Y por fin, a las 11:30 abrieron las librerías, el momento que yo estaba esperando desde que llegamos. Los establecimientos, todos ellos, son absolutamente maravillosos, un paraíso para los amantes de los libros, la puesta en escena, como no podía ser de otro modo, es acorde al entorno y a los edificios que las albergan, con abundancia de piedra y madera y elementos decorativos con historia, como el propio pueblo, La primera que visité fue la Librería Almadí, con una librera muy simpática y locuaz.


La más hermosa sin duda es la Libreria Alejandria, en la que me hubiera quedado a vivir si hubiera podido. La librera, muy amable, me dio permiso para fotografiar aunque no le compré ningún libro.



Y ésta es la Librería Alcaraván, también muy bonita, que me interesó menos porque no vi que tuviera libros de segunda mano.

Me hubiera pasado el día entero recorriendo y fotografiando, pero lo cierto es que me daba vergüenza tal vez molestar. No compré demasiado, y me abochornaba pasarme mucho rato mirando para después irme de manos vacías, así que procuré ser breve, o al menos no alargarme demasiado. Ésto además porque mi familia empezaba a cansarse de mis andanzas y mis entusiasmos, y el saberlos menos interesados que yo siempre me causa reparo y me reprime. Lo que en ellos es simpatía, en mí es pasión y llega un momento es que la paciencia se les agota a pesar de la buena disposición inicial, y yo lo comprendo.

No encontré muchos libros de interés, porque ya son muchos los que tengo y los hallazgos cada vez son más difíciles. No me fui de vacío sin embargo. De la Librería Almadí se vinieron conmigo "Cartas a Milena/Carta al padre" de Franz Kafka y "¿Un mundo feliz?" de Aldous Huxley. En la Librería Alejandría descubrí varios volúmenes interesantes de Lajos Zilahy y Stefan Zweig pero ninguno que no tuviera, así que no compré, como he dicho antes.

En fin, una visita entrañable, que recomiendo a cualquiera que sienta su corazón acelerarse con la visión de cajones llenos de libros viejos, bellas ediciones y librerías con olor a madera y papel y en un entorno hecho de piedras que nos hablan de historia.

miércoles, 10 de agosto de 2011

"ÓLEO DE MUJER CON SOMBRERO", Silvio Rodriguez


Una mujer se ha perdido
conocer el delirio y el polvo,
se ha perdido esta bella locura,
su breve cintura debajo de mí.
Se ha perdido mi forma de amar,
se ha perdido mi huella en su mar.

Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Veo un perro ladrando a la luna
con otra figura que recuerda a mí.
Veo más: veo que no me halló.
Veo más: veo que se perdió.

La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.

Una mujer innombrable
huye como una gaviota
y yo rápido seco mis botas,
blasfemo una nota y apago el reloj.
Que me tenga cuidado el amor,
que le puedo cantar su canción.

Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno, me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.


martes, 9 de agosto de 2011

LOS QUE YA NO ESTÁN


Pensé que no había ningún rastro de ellos, pero el otro día revisando viejas fotos que necesitan ser ordenadas y clasificadas encontré dos imágenes de sendos cuadros míos de los que me deshice. Eran obras muy tempranas y mal resueltas, así que después de darme cuenta de que su mérito había consistido poco más que para servir como ejercicios pictóricos, los cubrí con una capa de pintura blanca y los reutilicé de nuevo. No existen salvo en estas imágenes que ni siquiera recordaba.

El primero es una puesta de sol, una auténtica, de las que yo contemplaba desde mi cocina en la casa en la que viví tantos años, hasta que me trasladé a la que ocupo ahora, mucho más grande y mejor equipada pero que carece de las vistas espectaculares con las que me deleitaba cada atardecer. Esa puesta de sol se divisaba desde el balcón de mi espaciosa y luminosa cocina, que era además el lugar en el que pintaba entonces. Tal vez no hubiera destruido el cuadro de no ser por la antena de televisión que contrasta con las nubes, y que no me gustaba nada, pero mi profesora de pintura no quiso que la quitara y yo le cogí manía al cuadro.



El segundo es el primer desnudo femenino que pinté. Éste sí que fue un simple ejercicio, y en el que me rebelé a mi profesora que quería que siguiera retocándolo aunque a mí me parecía ya terminado. Entonces me aburría de los cuadros si se me insistía en seguir con ellos. Sólo quería pintar para disfrutar, y cuando prescindí de la idea de tener tutor alguno, me di cuenta de que muchas veces es necesario dejar descansar una obra porque de tanto mirarla empiezas a no verla, pierdes perspectiva, pasión y llega el aburrimiento y el bloqueo. De haber podido aparcarlas temporalmente seguramente hubiera vuelto a ellas después de un descanso y tal vez seguirían existiendo.