YO tengo una isla, cercana o lejana, eso es relativo. Podría estar cerca si yo fuera más valiente, más decidida y más libre. Pero a mi edad ya una no camina sola por la vida, el equipaje pesa lo suyo y la senda a recorrer resulta demasiado árida. Además, hablamos de una isla... y ya sabemos que no se pueden surcar las aguas con demasiado peso. Mi línea de flotación se hunde, y no tengo más remedio que contemplarla desde la orilla opuesta. Está allí, al alcance de mis ojos, que no de mis manos, la miro, la deseo, la lloro, pero no llego a ella. Es una isla real, dolorosamente real, descubierta tampoco hace demasiado tiempo. Otros la descubrieron antes que yo, la conquistaron y la habitaron, mientras yo ignoraba su existencia. Y sin embargo, cuando la visité por primera vez, cuando se cruzó en mi camino, supe de inmediato que era la isla en la que quería habitar, la única en la que podría sentirme a gusto, la que me acogería como yo necesitaba. Pero cuando la encontré ya me hallaba cargada de cadenas, con el rumbo trazado, incapaz de surcar las aguas que me alejaban de ella. Ya que no podía navegar, quedaba el recurso de alzar el vuelo, pero ¡ay! también mis alas estaban cortadas. No sé si es más triste no tener una isla que tenerla y saber que es imposible alcanzarla. Si no la tienes, no la añoras. Si no la sabes imposible, no te atormentas. Cuando se contempla a distancia, se distorsiona la realidad. La vegetación te parece más exhuberante, más verde, el agua que la circunda, más cristalina que otras aguas, el aire que la rodea, más límpido, más perfumado que otros aires, su luz, más brillante. Y sabes que en realidad tu isla es tan común como cada una de las islas de las demás personas, y que sólo el anhelo, la distancia y la frustración la visten de cualidades superlativas. Que si tuvieras la posibilidad de alcanzarla, aunque sólo fuera para acampar en ella de manera transitoria, para examinar de cerca el terreno, verías zonas de secano, algún árbol raquítico, alguna charca poco atrayente, días sin sol y hasta algún rastro de polución en las aguas. Porque ninguna isla es perfecta cuando se alcanza. Ningún sueño sigue siéndolo cuando lo miramos con los ojos abiertos. Por eso a veces es mejor no alcanzar la isla. Para seguir soñando con ella. Aunque duela. Y por eso también a veces pienso que es mejor no tener una isla que vislumbrar en el horizonte, es menos doloroso. Porque una vez descubierta, no se puede ignorar que sigue ahí.