sábado, 17 de abril de 2010

MATERNIDAD 3

Éste dibujo tiene muchos años, lo hice cuando tenía tal vez 15 o 16. Es una copia de un cuadro que estaba en la colección "Historia del Arte" de Salvat que tenían, y tienen, mis padres en casa. No recuerdo título de la obra original ni autor, tendría que mirarlo. En todo caso, me gustó el resultado que conseguí en su momento y por eso lo conservo. Es un dibujito muy pequeño de 15x 10 cm, realizado en lápices de colores sobre papel de folio.

miércoles, 14 de abril de 2010

MASCARAS

Contemplando la hermosa primavera, el cielo azul, las margaritas moteando el verde de la hierba, los árboles en flor, en fin, tanta belleza, una se pregunta cómo es posible que la hermosura conviva con el terror, la desgracia, la enfermedad... cómo es posible mirar sobrecogida la grandiosidad del mar, y al mismo tiempo no poder evitar mirar los ojos de la muerte. Es posible vivir, y sin embargo estar muerto. Es posible. Es posible sonreir a los demás, trabajar, tomar un café con tu pareja, escuchar a tus hijos, y sin embargo estar sangrando de una herida que jamás curará. Es posible levantarse una mañana pensando que es el anuncio de un día como los demás, y acostarse sabiendo que tu vida ya nunca será lo mismo.

jueves, 1 de abril de 2010

ROSA EN VASO DE CRISTAL

Técnica: Lápices de colores sobre folio

CISNES

Técnica: Lápices de colores sobre folio.

domingo, 28 de marzo de 2010

"LAS HUELLAS", Silvina Ocampo


A orillas de las aguas recogidas
en la luz regular del suelo unidas
como si juntas siempre caminaran,
solas, parecería que se amaran,
en la sal de la espuma con estrellas
sobre la arena bajo el sol las huellas
de nuestros pies desnudos
tan lejanos y mudos.
Dejando una promesa dibujada
nuestra voz entretanto ensimismada
se divide en el aire y atraviesa
la azul crueldad de la naturaleza
mientras solos cruzamos
la playa y nos hablamos.

viernes, 26 de marzo de 2010

TARDE DE DOMINGO

Técnica: Lápices de colores sobre papel Canson

FORNELAS



Este verano hará diez años que no voy a Fornelas. Me parece mentira que haya pasado tanto tiempo. Siempre me encantaron mis vacaciones allí, en la pequeña aldea en la que nació mi madre.Me parece mentira, sí, porque los recuerdos están tan nítidos en mi memoria que se me antoja que el tiempo no pasa por ese espacio.
Me siento inmensamente privilegiada por haber tenido la oportunidad de disfrutar de esos veranos aldeanos. La pequeña casa con la terraza rodeada por la higuera, testigo de tantas lecturas, es uno de los escenarios más queridos de mi vida. Los desayunos en las frescas mañanas estivales con el rumor de los árboles, el silencio sólo profanado por el canto de los pájaros, o el ladrido de algún perro vecino. Siempre ha sido la mañana mi momento preferido del dia y esas horas tempranas en Fornelas, cuando era la primera en despertarme y en desayunar, cuando me apropiaba de las primeras luces del día envuelta en una manta y con mi café humeante en las manos, eran horas magicas, de sosiego, de reflexión, de comunión con la naturaleza que me rodeaba.
Ni siquiera tenía la necesidad de acompañarme de mis amados libros. Me quedaba ensimismada enn la contemplación del cielo, de la vegetación, de las huertas de los vecinos, del río cercano. Cuando las ramas de la higuera que la abrazaba crecieron lo suficiente, la terraza se convirtió en una atalaya privilegiada, favoreciendo la contemplación del paisaje y sin embargo dificultando la visión de la misma desde el exterior. La vieja higuera plantada por mi bisabuelo, cuyo tronco me gustaba abrazar, sentir, rugoso y áspero contra mis manos y mis mejillas.
Aunque no en aquellas horas matutinas, los libros me acompañaban también en aquellos veranos, como siempre en mi vida. Esa costumbre mía de leer a todas horas sorprendía mucho a las vecinas. Llegaban para charlar con mi madre y me veian leyendo sentada en los escalones de la entrada, o en un banco del patio, la terraza o el interior de la casa cuando el tiempo no acompañaba. "Siempre estudiando", me decían. "Esto no es estudiar, sino leer", matizaba yo . "Bueno, pues siempre leyendo, es lo mismo". "No, no lo es", replicaba yo sorprendida de que no supieran apreciar la diferencia. Aquellas personas sencillas que jamás habían leído un libro no concebian la idea de entregarse a la lectura por placer.
Tuve en Fornelas experiencias que no he vuelto a vivir en otro lugar. Vivencias íntimamente relaccionadas con la vida rural, con el estilo de vida de la gente que vive del campo. Recuerdo salidas tempranas con A. para llevar a las vacas a pastar al prado. El corral de P. y A., nuestros vecinos más cercanos, con sus gallinas y pollitos, y su pavo real. Tambien la porqueriza donde los temibles cerdos habitaban a oscuras, pobres bestias que tan sólo veían la luz del sol cuando P. habría la puerta para darles de comer. "Cuidado que son peligrosos", me decía si yo me asomaba demasiado, aterrada por las leyendas que aseguraban que eran tan feroces que en ocasiones habían deborado niños pequeños. Hubo tambien visitas a las cuadras donde nacían terneros y potrillos, y tardes en eras ajenas que recibían la visita de imponentes maquinas de segar, o de trillar, y que congregaban a todos los vecinos para echar una mano en lo que fuera. Las visitas dominicales a la Iglesia, cita social inexcusable en aquellos veranos, aunque el resto del año en nuestro hábitat habitual no pisáramos jamás un tempo.
A veces me entrego al ensueño de que reparo la casa, la equipo con las comodidades esenciales que le faltan y me quedo allí a vivir, yo sola. Tengo incluso pensado el lugar donde instalaría mi biblioteca, en el pequeño edificio anexo pero independiente de la casa que cierra el patio en el extremo opuesto. Es una construcción sólida de piedra y tejado de pizarra, con un balcón en el primer piso, donde creo que los libros se sentirían felices. Me imagino allí en invierno, rodeada de nieve, y paseando a la orilla del rio rumoroso en verano, bajo la bóveda natural que forman los árboles, o atravesando los campos de maíz. Es una vida de retiro y lectuas, quizá demasiado solitaria para soportarla, pero agradable de imaginar.
Pero supongo que esa casa y ese pueblo, aunque tan reales, acabarán por habitar tan sólo el lugar de los recuerdos, el territorio de la infancia y la primera juventud. No sé cuales serían mis sensaciones si volviera ahora. En esta madurez que ya tengo, mi papel variaría, de la alegre despreocupación de la hija de la dueña a las responsabilidades de anfitriona, y sé que mis vivencias allí no serian iguales. A los lugares donde fuimos felices tal vez no deberíamos querer volver.