
No he podido escapar. Este ha sido un año sin agosto. Apuro los últimos días de unas vacaciones extrañas que me han pasado por encima. No he podido evitar la realidad, yo que tan fácilmente me evado de ella cuando lo necesito. He estado atenta a un espectáculo circundante que me ha atrapado con señales imposibles de ignorar. Me pregunto en qué sociedad nos estamos convirtiendo, cual es el futuro de este país. Veo con preocupación las noticias que nos hablan de nuestra tierra como destino turístico de borrachos y pendencieros, de objetivo para escenario de desenfreno y comportamientos soeces, cutres, que se nos presentan como deseables porque suponen unos ingresos imprescindibles en estos tiempos aciagos y famélicos. Parece que la poderosa Europa del norte sólo quiere humillarnos y convertirnos es un país de servicios, a su servicio. ¿Cuanta riqueza real hemos perdido en nombre del sueño europeo? Recuerdo los primeros años como miembros ilusionados del club, de la élite económica del mundo: la durísima reconversión industrial, las cotas de producción, los límites a la ganaderia y agricultura a cambio de subvenciones que no se invertían en crear nueva riqueza. Recuerdo mi Bilbao feo y contaminado pero industrial y productivo obligado a convertirse en una ciudad de diseño, museos y restaurantes. Tras la fiesta, la resaca, los vasos sin fregar y el confeti mustio inundándolo todo. Los invitados no están dispuestos a ayudarnos a barrer la porquería. Ni a llenar de nuevo la nevera.
La ciudad en la que vivo es un ejemplo minúsculo de esa transformación. Destrucción de mucho patrimonio artístico e histórico y nada que ofrecer al visitante excepto bares, terrazas, restaurantes y juerga, verbenas y ferias de colorines. Nada interesante como alternativa al ocio hostelero. Para atraer a los codiciados visitantes, agasajémosles con baratijas horteras, porque nos hemos despojado de nuestra verdadera riqueza a cambio de sus palmadas en el hombro.
Estamos despertando del sueño de nuevos ricos. ¿Qué somos? ¿Quienes somos? Y peor aún, ¿Qué estamos dispuestos a ser?






